Entrevista a Elena Santiago, escritora. “La muerte y las cerezas”

ENTREVISTA / Elena Santiago / Escritora

“Veo y cuento la realidad de una forma muy personal”

 

Elena Santiago reflejada en un cuadro de Pablo Ransa. EDUARDO MARGARETTO

CÉSAR COMBARROS / Valladolid
Han pasado siete años desde que la escritora leonesa Elena Santiago (Veguellina de Órbigo, 1941) publicara ‘Asomada al invierno’ (Espasa-Calpe, 2002), su última novela hasta el momento. La ganadora del Premio Castilla y León de las Letras 2002 regresa ahora al género, tras un largo periodo centrada en la poesía y los cuentos, con ‘La muerte y las cerezas’ (Menoscuarto), una historia de “amor, ausencia y aprendizaje”, según sus propias palabras.

¿Por qué ha pasado tanto tiempo desde ‘Asomada al invierno’?
Se debe a distintos aspectos de mi vida, como una mala salud. En este tiempo he escrito, pero más bien trabajos cortos. He hecho muchos cuentos para revistas o para libros en colaboración, y he hecho poesía, pero realmente no encontraba suelo firme para trabajar en la novela. Sin embargo, a pesar de mis males, estaba realmente creativa, y los frutos de eso los estoy recogiendo ahora. Además de ‘La muerte y las cerezas’, que sale ahora, tengo otra novela casi acabada y ya trabajo en una tercera. No sé estar sin escribir, y cuando tengo que alejarme de la escritura, no sé estar y vivo de una manera extraña, porque siento que me falta algo muy importante. Ese ‘abandono’ se debió a extraños acontecimientos que me llevaron también a una forma extraña de vivir.

¿Quizá la novela le exija más que el cuento o que la poesía?
En cuanto a creatividad no, lo que sucede es que el cuento ha de ser muy preciso, con un lenguaje natural pero a la vez con encantamiento, de manera que fascine, aunque sea en dos páginas. El cuento hay que fijarlo desde la primera palabra con emoción, es preciso construir una historia con intensidad, que emocione; por otra parte, la novela me permite deambular más por sensaciones y personajes que aparecen en un segundo plano y van ganado protagonismo; te permite otra evolución.
No obstante, tanto en los cuentos como en sus novelas siempre prevalece una mirada poética.
Normalmente se suelen referir al lirismo de mis cuentos, o al ‘encanto especial’ de mis novelas. Yo creo que simplemente veo la realidad de una forma muy personal, que es la mía, y siento que la poesía está en cualquier parte, en muchos rincones y situaciones.
¿Qué le condujo a la historia de Antonino, el protagonista de ‘La muerte y las cerezas’?
Me gusta mucho viajar, aunque no lo hago tanto como quisiera. Con frecuencia voy a Portugal, y allí encuentro un tiempo más detenido que en otros países, un tiempo apretado de Historia tanto del país como de las personas, que es la que más me importa. En un viaje a Coimbra, cuando todavía había tranvía, montamos sin saber a dónde íbamos. Había una cola de personas y una mujer con unas flores amarillas, muy estática. Para mí verla allí fue una expresión total de poesía: todo lo que la rodeaba era lúgubre, y sin embargo a ella le daban toda la vida las flores y cómo las tenía cogidas. Fue una imagen que me arrastró a escribir, y entré en la historia de amor de Antonino, que busca ser comprendido y aceptado como tantas personas. Antonino no sabe ser él, y es consciente de que el día que encuentre el amor se habrá salvado de la mediocridad. Más tarde irá descubriendo que, muchas veces en la vida, el amor se encuentra en rincones prohibidos, y que él no sabe cómo llegar a esos rincones.

Al comienzo de la novela lo define diciendo: “Él era todo necesidad de amar y de que lo amaran”. ¿Es el amor el eje de la novela?
Sí, a todos nos gusta amar y que nos amen como el eje de nuestra vida, pero realmente no ocurre así. Cuando te sientes deslumbrado por un amor no imaginas que pueda ser efímero, aunque lo más frecuente es que termine siéndolo en una u otra medida.

Plantea el amor como el inicio y el desamor como el final de la vida de los personajes. ¿Le atrae el Romanticismo clásico como lectora?
El Romanticismo siempre me traslada a otro mundo y me gusta, pero creo que estoy más cercana a realidades que casi rozo, porque cada vez que escribo parto de un indicio o de algo que me llega. No obstante, si has leído mucho siempre hay una base de todas esas corrientes, y hay depósitos que aparecen aunque no seas consciente.
En el título mismo alude a la muerte y a las cerezas, utilizadas como símbolo de vida. ¿Propone un juego de equilibrio entre ambas?
La impresión más fuerte de mi vida, desde los cinco años, fue la muerte. Entonces aprendí, de una manera un poco inconsciente, algo muy esencial que me ha hecho escribir desde los doce años. Había melancolía, porque yo era consciente de que iba a tener una historia paralela. ‘La muerte y las cerezas’ es un único verso de los poemas que hice a mi madre en un libro, donde decía: ‘La muerte y las cerezas, qué incongruencia, y sin embargo qué realidad más exacta’. Las cerezas tienen color, sabor, forma… y nos han servido como gozo cuando nos adornábamos con ellas. Eran una fuente de vitalidad.