Opinión: Los medios de comunicación también educan aunque algunos no quieran entenderlo

Opinión: Los medios de comunicación también educan aunque algunos no quieran entenderlo

Nuestro comportamiento cotidiano traslada continuamente valores, actitudes y comportamientos que modelan y confeccionan la sociedad en la que estamos inmersos, tal como expone la profesora Carmen Gamella en este artículo, en el que analiza, con interesantes ejemplos, los efectos que como “fantástica lanzadera de proyección social” producen, en este sentido, los medios de comunicación

Madrid, 25 de enero 2011 (medicosypacientes.com)

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Prof. Carmen
Gamella.
 

Ya lo sentenció Séneca: “Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías, breve y eficaz por medio de ejemplos”.

Lo lamentable es que, con demasiada frecuencia, el ejemplo no es ejemplar como ocurrió hace algunas semanas con Salvador Sostres, escritor y tertuliano del programa “Alto y Claro” que dirige Isabel San Sebastian en Telemadrid, cuando se deleitó en comentar las bondades que, sexualmente y a su parecer, tienen las niñas de 17 ó 18 años.

Y lo peor es que no parece que seamos conscientes de la eficacia del ejemplo, de cómo con nuestro comportamiento cotidiano estamos continuamente trasladando valores, actitudes y comportamientos que modelan y confeccionan la sociedad en que vivimos. Esta inconsciencia es la que da fuerza al aprendizaje, pero también es la que lo deja huérfano de control y la que hace que traslademos actitudes y valores que de otro modo sería impensable por inaceptable.

Especialmente importantes maestros de lo cotidiano somos aquellas personas que por nuestra profesión o por el trabajo que realizamos gozamos de un determinado reconocimiento por el resto de la sociedad, como ocurre con los profesores en sus aulas, con los profesionales de la salud en las instituciones sanitarias (médicos, profesionales de enfermería, farmacéuticos, etc.), con el propio clero en la institución religiosa, con las fuerzas y cuerpos de seguridad, o con los políticos con su responsabilidad institucional.

Ciertamente todos tenemos ocasiones continuas para condicionar y modelar la forma de pensar, las actitudes y los comportamientos de los grupos y colectivos de personas con los que cotidianamente nos relacionamos y, precisamente por nuestro trabajo o profesión, gozamos de un determinado prestigio y credibilidad que nos sitúa en una posición privilegiada para ejercer una gran influencia sobre ellos. Se trata en este caso, de una influencia formal, realizada de forma consciente, planificada, analizada, que persigue unos objetivos formalmente establecidos, para los que se elaboran determinados mensajes que pretendemos que conformen determinadas actitudes y valores sociales.

Pero esta situación privilegiada multiplica infinitamente el reconocimiento y el prestigio social cuando, además están presentes e incluso forman parte de esa fantástica lanzadera de proyección social que constituyen los medios de comunicación. Desde luego que el reconocimiento de la sociedad hacia esas personas y profesionales (de la salud, de la cultura, periodistas, políticos, contertulios, etc.) que periodicamente aparecen en los diferentes medios, es lo que hace que sean para los demás verdaderos líderes de opinión, de pensamiento y de comportamiento. De hecho, ellos son capaces de concienciarnos frente a la violencia doméstica de cualquier género, de mover nuestros corazones para que apadrinemos a un niño de alguna región desfavorecida, de conseguir el dinero necesario para enviar medicamentos, alimentos o para generar infraestructuras en aquellas sociedades que lo necesitan, de persuadirnos para que utilicemos el preservativo o para que dejemos de hacerlo o incluso, de convencernos para que compremos una u otra marca de zapatillas deportivas… Y en todos los casos, de forma perfectamente planificada en base a su credibilidad para determinados grupos sociales y de acuerdo con sus objetivos e intereses.

Sin embargo, esta capacidad de condicionar a la sociedad, no es una capacidad de “quita y pon”; es decir que estos líderes sociales lo son continuamente y no solo cuando ellos lo deciden conscientemente. Por eso cuando uno pierde el anonimato de forma voluntaria, debe asumir que lo pierde tanto para ganar en prestigio y reconocimiento en la sociedad, como para asumir la responsabilidad ejemplificadora que debemos exigir a cualquier líder de opinión en una sociedad justa, honesta y ética. Se trata en este caso de la influencia informal, la que se desprende espontáneamente de lo que dicen y de la forma en que lo dicen, de sus propios valores, de sus actitudes, de la imagen que trasladan, y desde luego de su propio comportamiento. Claro que surge espontáneamente, sin un guión elaborado, lo que hace que sea una influencia transparente, sin maquillaje y directa. Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.

Pues Salvador Sostres, tertuliano del programa de la televisión autonómica de Madrid “Alto y Claro” haciendo gala del programa en el que participa dejó patente de forma alta y clara, el gran impacto que puede llegar a tener esta influencia informal a través de los medios de comunicación, cuando el pasado día 11 de Noviembre durante uno de los espacios publicitarios del programa y, por tanto, de forma absolutamente espontánea manifestó sus preferencias y gustos sexuales de la forma en que lo hizo. Fuera de cámara al menos en teoría, es cierto, pero en presencia de menores, porque ese día estaban asistiendo en directo al programa alumnos de colegios de Barcelona, Cádiz y Marruecos. No creo necesario comentario alguno desde la más elemental ética de una persona adulta con su nivel de formación y de responsabilidad personal y profesional (nuevamente al menos en teoría). Pero sí quiero plantear alguna reflexión al respecto ¿y la influencia del resto de tertulianos con su actitud y comportamiento?, ¿y la de quién conduce el programa?, ¿habría sido diferente si no se hubieran prestado a reír las “gracias”, incluso a permanecer en la mesa?, ¿o si le hubieran invitado a abandonar la mesa para continuar con el programa?, ¿y la actitud de los responsables del programa, de la programación y de la cadena? Cierto es que no se han manifestado de acuerdo con semejantes opiniones pero, pasarlas por alto o a lo sumo manifestar que lo impropio es grabar y publicar esa grabación que pertenece a una “conversación privada” … ¿No les parece que es suficiente ejemplo, aunque en este caso se trate de un deplorable ejemplo? No es solo la acción, también por omisión se ejemplifica, se educa.

Desde luego que no se trata de un hecho aislado. Recordemos lo manifestado, en su último libro, por Sánchez Dragó en cuanto a sus encuentros sexuales con niñas de 13 años, o las declaraciones de León de la Riva, Alcalde de Valladolid, y su “exceso verbal” al expresar en voz alta sus pensamientos en relación con la Sra. Leire Pajín.

¡Y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando se habla de la oportunidad de la educación sexual en los colegios! Eso sí, luego escuchamos a presentadores, tertulianos de pro y a políticos aquello de que “no se deben pronunciar palabras malsonantes en horario infantil”… pero, ¿sabemos realmente cuál es ese horario infantil que tantos ciudadanos deseamos?.

Carmen Gamella Pizarro,
profesora titular de Educación para la Salud
Universidad Complutense de Madrid.